Psicología y vida

¿Qué hago si me siento culpable?

La culpa es una emoción que genera en nosotros una serie de sensaciones desagradables, esto nos hace encasillarla como una emoción “negativa” y propulsa en nosotros conductas destinadas a eliminarla de nuestro interior.

 Es importante destacar que a pesar de que contactar con algunas emociones nos parezca desagradable, eso no significa que esa emoción sea negativa en sí misma, se trata de una emoción evolutiva que nos está indicando qué ocurre a nuestro alrededor, nos está dando pistas de nuestro contexto. Otras emoción evolutiva muy rechazada por nosotros puede ser la sensación de celos (post).

En este post voy a hablar de todas aquellas situaciones en las que la culpa es el combustible de caminos que no son buenos para nosotros, de manera que tenemos que comenzar a verla como una señal de alarma y no como una indicación de cambio propio.

Culpa como combustible para relaciones no deseadas

Algunas de las relaciones que mantenemos en nuestra vida cotidiana pueden despertar en nosotros muchas dudas y sobre todo, nos da la sensación de que para mantenerlas tenemos que esforzarnos demasiado. Sin embargo, de forma paralela sentimos culpa por percibir las cosas de esta manera, como si fuésemos egoístas por ello y justamente esto hace que nos entreguemos aún más a la otra persona.

 ¿Qué mantiene mi relación?

Esta es una de las preguntas claves que tenemos que hacernos cuando la culpa florece en nuestras relaciones, ¿qué elementos tiene esta relación para que se mantenga?
Las relaciones que resultan beneficiosas para nosotros cuentan con un listado de características que hacen que sean tan potenciadoras: apertura, aceptación, compromiso, reciprocidad, interés… Son algunos de esos elementos y siempre todos ellos deben estar presentes de forma genuina.

¿Dónde están mis necesidades y mis emociones?

Nuestras emociones y necesidades deben estar presentes siempre en los vínculos que creamos con las demás personas, se trata de reciprocidad. Ambas personas deben tener en cuenta los sentimientos del otro para diseñar y ejecutar sus acciones. A veces podemos sentir que nuestras emociones no están siendo tenidas en cuenta, que nunca se atienden o incluso se ridiculizan o se ven en segundo plano por un atender constante a las emociones del otro.

Puede que en estas situaciones nos sintamos egoístas incluso por hablar de nuestras emociones o por tenerlas en cuenta:

¿Cómo voy a decir lo que siento si él está tan mal?

¿Cómo voy a guiarme por lo que quiero si eso hace que la otra persona se sienta mal?

Si tomo mis propias decisiones soy egoísta.

Estas y otras preguntas pueden surgir ante situaciones de alarma, situaciones en las que ejercer nuestra libertad y tomar nuestras decisiones se ven coartadas por las emociones de otro, por el sentimiento de culpa.

¿Límites?

Poner límites puede ser una de las principales claves, siempre y cuando el diálogo no sea posible. Los límites nos ayudan a ver todo con más perspectiva y si te encuentras en una situación así, los límites te permitirán desarrollar tu libertad individual.

Podemos llegar a creer que poner límites a este tipo de relaciones es una buena decisión, pero es muy importante saber que es muy probable que al hacerlo, surja la culpa residual

La culpa residual es la que surge justamente cuando ponemos límites a relaciones que no eran buenas para nosotros, no hay manera de escapar de esta culpa, estará presente ya que es la emoción que sostenía ese vínculo y nos mantenía en un sitio en el que no queríamos estar realmente. Esta culpa va a ser una de las tantas emociones que nos tocará cargar al poner límites y es justamente la que nos está indicando que hemos hecho lo correcto.

La imagen utilizada pertenece Pexels.com

Catalina Day García

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