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En los últimos años se popularizaron muchos conceptos que son importantes a la hora de relacionarnos con los que nos rodean. La escucha activa, la empatía o la compasión son algunos de ellos. A pesar de que creo que todos son relevantes en nuestro desarrollo, existe otra práctica muy importante a la que no se le da tanto protagonismo, se trata de la validación. La validación consiste en no juzgar la información que nos está comunicando la otra persona, en no valorar su emisión ni su experiencia, simplemente considerarla válida, posible y presente.

Por ejemplo, un joven de 14 años le comenta a su padre el miedo que siente por tener que hacer una exposición oral de 5 minutos delante de todos sus compañeros. Su padre le dice que no se agobie, que eso no es nada, que él ha tenido que hacer exposiciones mucho más largas durante su carrera y que 5 minutos es muy poco tiempo. En este ejemplo, el padre intenta consolar a su hijo diciéndole que su problema no es para tanto, que existen situaciones peores. Su intención seguramente es buena, pero el mensaje que realmente está transmitiendo es que ante una situación así el chico no debería estar nervioso. Se trata de una invalidación ya que le está diciendo que su reacción ante esa situación no es válida, es desproporcionada, lo que hará que su hijo no se sienta reconfortado ni apoyado.

Si nos ponemos analizar nuestra vida seguramente existan muchas situaciones en las que hayamos sido invalidados, quizás puedan recordar algún momento y rememorar esa sensación que se siente de incomprensión. Lamentablemente la invalidación siempre está ahí, en las parejas, en los padres, en los hijos, en los amigos. Vivimos invalidando a personas, diciendo cómo deberían sentirse o no sentirse cuando no hemos vivido sus mismas experiencias. Cada persona tiene su historia de vida y esa es la que determina su forma de actuar y lo que hace que seamos diferentes unos de los otros. Quizás para una persona que se dedica a hablar en público una exposición de 5 minutos no sea nada, pero para un adolescente de 14 años con algunos complejos, exponerse ante toda la clase sea un evento muy significativo y angustiante.

Normalmente la invalidación parte de la comparación, solemos comparar nuestras vivencias con las de los demás. Nuestra experiencia puede servir de aprendizaje a otras personas que están pasando por una situación parecida, pero muchas veces en vez de utilizar nuestra experiencia como una fuente de consejos, la utilizamos para comenzar una competición. La petición de apoyo de la otra persona se convierte en una oportunidad de recalcar nuestros logros, y aunque creamos que comunicar que hayamos logrado algo mucho más complicado sin dificultades puede ayudar a la otra persona, en realidad no lo hace.

Creo que debemos hacer un ejercicio de toma de consciencia y educar utilizando la validación como herramienta principal. Cuando validamos una emoción, estamos transmitiendo calma a la otra persona, le estamos diciendo que todo eso que siente es normal y no pasa nada porque esté ahí, puede expresarlo y seguir adelante. Un niño que es continuamente invalidado sentirá que sus emociones no se corresponden con sus vivencias debido a que hay algo en él que no funciona bien. Este niño puede acabar no identificando correctamente sus emociones, no queriendo sentirlas o negándolas, trayendo esto muchos posibles problemas en su futuro a la hora de gestionar lo que ocurre en su interior.

Con este post sólo quiero dar a conocer la validación y su importancia en las relaciones. Propongo que prestemos más atención en la forma en la que nos relacionamos con los que nos rodean. Al principio, puede ser complicado, ya que venimos de años comunicándonos de forma automática, por lo que las primeras veces, bastará simplemente con reconocer la invalidación o la validación. Una vez que sepamos reconocerla es hora de cambiarla y observar los cambios que puede traernos en nuestras relaciones con las personas que nos rodean.

Catalina Day García

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